Editorial
Tal vez como producto de su urgencia por testimoniar los tiempos en presente perfecto, o quizá por las dificultades económicas y tecnológicas implícitas en el registro de sus obras, los creadores de música popular han estado históricamente más interesados en la ejecución que en la conservación de su arte. No hay que remontarse muy atrás en el tiempo para encontrar una buena cantidad de solistas y agrupaciones míticas de quienes no ha sobrevivido nada más que su nombre. Esta ausencia de registros provoca un vacío histórico imposible de llenar, ya que la música popular es básicamente una música de intérpretes, cuyas cualidades sólo pueden apreciarse, juzgarse y transmitirse a través de la escucha. ¿O acaso Gardel sería hoy el mismo si su voz no hubiera quedado a resguardo, entre la llovizna melancólica de sus discos de pasta?
El registro de sonidos generó un impacto crucial para el rumbo de la música del siglo XX, desatando una explosión que tomó diversos caminos conforme sus fronteras iban siendo empujadas por el desarrollo tecnológico: la posibilidad de conservar en el tiempo obras que carecían de escritos; la introducción del concepto de "paño" sonoro, y el que nos ocupa especialmente a nosotros: el registro en directo de las interpretaciones.
¿Qué importancia tiene la grabación en vivo de un concierto? Por un lado es una invitación a presenciarlo desde un lugar abstracto, desde un no-lugar, puesto que no son nuestros oídos —ubicados en algún punto del espacio sacudido por el sonido— quienes reciben las vibraciones, sino el diafragma de algunos micrófonos. Por el otro, la posibilidad de apreciar la transformación que experimenta la música como producto de la interacción entre artistas y público. Por último, disfrutar la imprevista acción del caos, que en su bendita danza transformadora desafina un cuerda, inspira la improvisación, apaga transistores o emociona el canto.
Claro que ante el registro en vivo de un concierto uno puede adoptar posturas distintas: la de quien busca una interpretación fidedigna, más próxima al ideal que propone un disco de estudio, y la de quien ansía la espontaneidad y frescura que la diferencian de ese ideal propuesto. Lo que para el "fundamentalista" es una imperfección, para el "humanista" es la vida abriéndose paso.
El CCCP toma las dos posturas como válidas, aunque debemos confesar que el gran afecto que sentimos por Pez amenaza seriamente toda posibilidad de juicio objetivo. Y nos chupa un requete huevo que sea así.
El registro de sonidos generó un impacto crucial para el rumbo de la música del siglo XX, desatando una explosión que tomó diversos caminos conforme sus fronteras iban siendo empujadas por el desarrollo tecnológico: la posibilidad de conservar en el tiempo obras que carecían de escritos; la introducción del concepto de "paño" sonoro, y el que nos ocupa especialmente a nosotros: el registro en directo de las interpretaciones.
¿Qué importancia tiene la grabación en vivo de un concierto? Por un lado es una invitación a presenciarlo desde un lugar abstracto, desde un no-lugar, puesto que no son nuestros oídos —ubicados en algún punto del espacio sacudido por el sonido— quienes reciben las vibraciones, sino el diafragma de algunos micrófonos. Por el otro, la posibilidad de apreciar la transformación que experimenta la música como producto de la interacción entre artistas y público. Por último, disfrutar la imprevista acción del caos, que en su bendita danza transformadora desafina un cuerda, inspira la improvisación, apaga transistores o emociona el canto.
Claro que ante el registro en vivo de un concierto uno puede adoptar posturas distintas: la de quien busca una interpretación fidedigna, más próxima al ideal que propone un disco de estudio, y la de quien ansía la espontaneidad y frescura que la diferencian de ese ideal propuesto. Lo que para el "fundamentalista" es una imperfección, para el "humanista" es la vida abriéndose paso.
El CCCP toma las dos posturas como válidas, aunque debemos confesar que el gran afecto que sentimos por Pez amenaza seriamente toda posibilidad de juicio objetivo. Y nos chupa un requete huevo que sea así.









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